En una tarde del 1968, durante una marcha alrededor del macizo de los Dolomitas, conocí a Jacopo Portal. Pertenecía a una antigua familia sefardí, cuyos ancestros habían sido expulsados de tierras valencianas por los Reyes Católicos y que, cuando nos encontramos, residían en el barrio de Cannareggio en Venecia.
Entre viejos papeles, he topado hace algún tiempo con las anotaciones de nuestras conversaciones.
Entre las historias que Jacopo había escuchado de su abuelo, hay una en particular que me contó frente a la masa dolomítica, en uno de los descansos de la ruta y que reconstruyo ahora, después de mis últimas caminatas por los alrededores del Montgó, esa montaña que se asoma al mar, rodeada por los municipios de Denia, Jávea, Jesús Pobre y La Xara. El Montgó, el Mons agonum de los romanos, el  Jabal Qaun de los árabes.

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Los orígenes del Montgó
No sabemos de cuando data el mito, aunque por los nombres de sus protagonistas, bien pudiera remontarse a la colonización fenicia de las costas de la península ibérica. Según contaban los cultivadores árabes de las tierras dianenses, constructores de las terrazas de los valles de la Marina Alta y del Jabal Qaun, esta es la leyenda que ha llegado a nuestros días en boca de judíos sefardíes y que, descifrando mis apolilladas notas, yo transcribo lo mejor que puedo:

  ” Mucho antes de que los hombres poblasen el mundo, el poder sobre todo lo existente lo compartían la diosa Timana, señora de las aguas y de las profundidades del mar, y Dimana, el dios de la tierra, las rocas y las cumbres. Ambos pugnaban por dominarlo todo y aumentar sus dominios a costa del rival.
    Timana, aprovechando las noches oscuras, destruía los acantilados con sus furiosas tempestades y sus olas gigantes que asediaban las tierras de oriente a occidente y separaban las dos inmensas masas terrestres que Dimana trataba de unir para dividir en dos los dominios de la diosa del mar.
    Pasaron millones de años y las contiendas de estos dioses habían modificado las costas y el relieve terrestre. Dioses menores habían procreado a unos seres gigantescos, emparentados con los Titanes, que recorrían la tierra enfrentándose con enormes dragones. Las lluvias y diluvios que se habían sucedido por períodos interminables habían generado una vegetación salvaje. Los descendientes de Enlil, Enki  y Ereshkigal, así como los de otros lejanos dioses y diosas habían ido avanzando hacia Occidente.
    Estos titanes gigantescos se habían aposentado en los extremos de la tierra, algunos de ellos, protegidos por Dimana, vivían en los bordes de lo que luego serían las montañas béticas. De entre ellos, Lalahama (la de los largos cabellos), hermosa protegida de Dimana, solía extenderse al sol sobre los altos farallones frente al mar. Disfrutaba de los vientos y desafiaba a los huracanes que Timana lanzaba contra la tierra.
    Por entonces, el titán Akal  (el de los fuertes brazos) había conquistado el amor de Lalahama.
    Dimana, para extender sus dominios, abría las entrañas de la tierra, alzaba volcanes que invadían el océano con ríos de lava y empujaba inmensas masas unas contra otras para generar cordilleras y ocupar los mares de Timana. Esta se defendía con terribles movimientos telúricos que desde el fondo de los mares levantaban barreras de agua que asolaban las costas y destruían la obra de Dimana. Así durante incontables milenios.
    Los titanes ayudaban a Dimana a ensanchar su territorio moviendo montañas y peñones que abrazaban con sus robustos brazos y amontonaban sobre el borde de los mares. Por eso Timana odiaba a Akal y a su compañera Lalahama y quería arrastrarles al fondo de sus mares con la ayuda de los titanes inferiores, seres anfibios y monstruosos que agitaban las aguas y sacudían las columnas sumergidas de la tierra.
    Un día en que Lalahama descansaba cerca de unos acantilados, una de esas manadas de titanes del mundo inferior, obedeciendo las órdenes de su diosa, la aferraron por los pies y empezaron a arrastrarla. Cuando la amante de Akal iba ya a desaparecer en las agitadas y negras aguas, advertido por sus gritos, el titán de los poderosos brazos alcanzó a sujetar a su compañera por sus largos cabellos y a tirar fuertemente de ella, pugnando con los titanes del proceloso mar.
    Esa batalla no tuvo vencedores, pero dejó para siempre sus señales gigantescas. Por el enorme tirón de las profundidades, Akal y Lalahama se encastraron en las entrañas de la tierra frente al mar. El cuerpo de Akal y la cabeza y las espaldas de Lalahama quedaron sepultados en la meseta costera. Mientras ella se abrazaba a la costa, enterrándose más y más con su compañero, la diosa Timana sólo consiguió sepultar en el mar la mitad inferior de Lalahama, que se petrificó para siempre sostenida por la mano de Akal.
    Dimana, a pesar de ser el poderoso dios de las tierras y las montañas, no pudo desenterrar ni a su fiel Akal ni a su compañera. Ambos se trasformaron en el enorme macizo que hoy se conoce como el Montgó. Dicen que Timana, en los días de fuerte temporal, bate y bate sus olas contra el poderoso promontorio que se avanza hacia el mar sustentado por el espinazo enterrado de Lalahama, e intenta aún  llevarsela del todo hacia las profundidades. Pero el rocoso puño de Akal la retiene por ahora.”
De mis Cuadernos italianos, Conversaciones inéditas con Jacopo Portal.

Esto es lo que he recuperado de mis amarillentas notas. Lo transcribo tal cual para vosotros. Me ha motivado a hacerlo un reciente paseo desde la plana de la Justa por las laderas del Montgó.

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Si fue una invención de los exilados sefardíes,  si fueron algunos árabes imaginativos, de los que cultivaban las laderas del Montgó, los que forjaron la leyenda o si procede de los fenicios, descendientes de hititas, que trasportaron a nuestras costas los mitos del mundo mesopotámico, nunca podremos saberlo.
Lo que sí puedo deciros es que, si miráis atentamente al Montgó desde la parte de Benitatxell y, sobre todo, en los atardeceres, cuando los relieves de la cabellera de Lalahama son perceptibles a la luz del sol muriente, podréis comprobar también como el antebrazo y la poderosa mano de Akal sujetan aún con el puño cerrado la melena de su amada, para evitar que Timana se la arrebate hacia las profundidades.
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Si lo miráis desde Beniarbeig, podréis contemplar los rocosos nudillos y falanges del inmenso puño de Akal.
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Su antebrazo petrificado se aprecia también desde la playa de la Almadrava.
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Por encima de los huertos de naranjos asoma el recuerdo de Akal y Lalahama.
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El Montgó es el monumento fósil de unos titanes, mucho más antiguos que Gilgamesh, que se amaron en tiempos geológicos.

Ninguna prueba de ADN lo ha desmentido todavía.

En todo caso, es hermoso, desde su cumbre y cuando cae la tarde sin hacerse daño, extender la mirada a la redonda. El mar refulge más allá de Calpe.

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Fuente: http://ensondeluz.com/2012/03/24/el-mito-del-montgo/